Un fin de semana en el campo


Un fin de semana en el campo
Cápitulo I

Un jueves por la tarde vuelvo a casa temprano y encuentro a Silvia haciendo el equipaje.
Sorprendido la pregunto.
¿No nos va a entrar toda la ropa?
¿Tendremos que llevar otra maleta? Me contesto a mí mismo.
Pero sonriendo me responde.
Simplemente tú no vienes…
Me quedo perplejo y la interrogo:
¿Entonces irás sola?
Eso no es asunto tuyo me aclara. Tú te vas al campo.
Me han pedido Carmen y Juan que les atiendas este fin de semana, por cierto a cambio Juan me hará un buen regalo.
Viernes 6,30 tarde dejo a Silvia en el aeropuerto, arranco el coche y enfilo por la autovía. Es una tarde de otoño con el cielo encapotado amenazando lluvia. Por orden de Silvia solo llevo un pantalón de chándal, la gabardina y los pies descalzos. Avanzo rápido por lo que calculo llegar en cuarenta minutos.
Según me ha comentado Silvia. Juan y Carmen son una pareja ambos muy dominantes que además de dinero, tienen muchas influencias, razones que la han movido a consentir prostituirme.
e-15Siento miedo pero sin embargo deseo llegar pronto, consulto el mapa comprobando que es la próxima salida para llegar a mí destino. Giro a la derecha continuando por una carretera comarcal, el paisaje es tétrico pero bonito. Ha anochecido ya por lo que no se ve un alma. Pero por fin al frente veo una antigua casa de labor.
Me apeo del auto sintiendo una bocanada de frió que me hiela hasta el tuétano, además de que mis pies descalzos se clavan en la grava. Puedo morirme…
Al fin me abre una mujer que aparenta unos cuarenta años, es alta tiene el cabello rubio , viste con pantalón de cuero negro y  calza unas botas altas. Deduzco que es Carmen.
La saludo pero antes de contestarme recibo una sonora bofetada. Respondiendo perro mis botas están sucias y tú llegas tarde.
Límpialas inmediatamente con la lengua.
Me tiro a sus pies y en el mismo zaguán le lustro las botas.
Nada más traspasar el umbral de la puerta, me lleva a una estancia, que en su día fue la cocina, habían respetado la decoración, las paredes estaban pintadas en estuco de color ocre, conservando el hogar que ahora caldeaba la estancia agradablemente. Una artesa que en el pasado servía para hacer la matanza tenía un tablero encima que cumplía las funciones de una mesa. De las vetustas vigas del techo pendían unos ganchos que servían para colgar los embutidos, al fondo unos divanes. Allí estaba sentado Juan.
Se incorporó y pude ver que era un cincuentón alto con un cuerpo atlético, el cabello cano. Resultaba un tipo atractivo e interesante. Vestía una bata de seda azul eléctrico calzando unas chinelas de piel negras.
Me miró descaradamente exclamando.  Este es el perro que me manda la zorra de Silvía espero que valga lo que he pagado. Dirigiéndose a un arcón que había al fondo sacó un collar de perro negro y unos grilletes de acero además de unas muñequeras. Los tiró a mis pies diciendo vístete puerco. Carmen sonriendo  comenta. Tiene un buen trasero lo podrás encular bien y espero que también sepa hacerte unas buenas mamadas.

El collar me lo puse en el último agujero, intuyendo que no lo tenían especialmente para mí, los grilletes eran unas abrazaderas de hierro que pesaban mucho cerrándose con candados por lo que supuse que las llaves estarían en el arcón. Debajo de los grilletes me enrollé unas vendas hechas con unas tiras de saco para no destrozarme los tobillos. mientras que los brazaletes de las muñecas eran de cuero por lo cual eran más agradables.
Mientras ellos degustaban unas copas de Jerez me ordenaron que fuese poniendo la mesa y sirviendo los entremeses, estos estaban compuestos por queso embutidos acompañados de una sabrosa ensalada, estando todo  dispuesto sobre un pollete adosado a la pared que hacía las funciones de mesa de trabajo.
Se sentaron a comer y charlando amenamente saborearon un apetitoso asado de segundo plato. Observé como en un recipiente , (igual que los que se usan para poner la comida a los perros) lo llenaban con todas las sobras.
A una seña de Carmen recogí la mesa, les serví el café, con el brandi y comencé a lavar la vajilla.
Estaba en ello cuando se aproximó Carmen. Asiéndome con fuerza el pene me espetó.
“Putona termina pronto que tienes que cenar” Y luego tendrás que lavarnos los pies con tu asquerosa lengua.
Acto seguido me enganchó las muñecas a la espalda mediante los brazaletes y tirando de una correa enganchada al collar me lleva al plato, allí con una crueldad innecesaria me da una patada que caigo metiendo la cara en el recipiente. Comí como pude dificultosamente pues no podía valerme de las manos, luego tuve que lamer el plato además de limpiar con la lengua el suelo. Casi vomito pero lo pude aguantar.
Juan me ordenó que solo me pusiese de pie si lo ordenaban ellos, así que a gatas acudí a quitarle las botas a Carmen para proceder a lamerle los pies. La descalcé y empecé a lamerla el pie derecho,estaba caliente era pequeño y sus uñas  cuidadas, yo lamía con delicadeza sus dedos resultándome un placer. De repente un latigazo mordió mi espalda. Perro mis pies son delicados gritó, continué mi labor y cuando se cansó me despidió propinándome una patada al tiempo que ordenaba.
Vete a atender al amo.
El calzaba las chinelas, sus pies estaban desnudos, eran unos pies fuertes de una persona que hace deporte, los lamía besaba y masajeaba con suavidad intuyendo que él estaba a gusto. Cuando acabé de hacer mi labor, me despachó simplemente llamándome perra inmunda.
Después de un par de copas, el brandi hizo su cometido y se prepararon para divertirse empezaron a besarse y acariciarse mientras yo impávido esperaba mi futuro.
Cuando se cansaron. Carmen decidió suspenderme de los ganchos del techo, quedando apoyado todo mi peso sobre las puntas de los dedos de mis pies, el sufrimiento era inmenso. A los diez minutos volvió. Dado que Juan estaba entretenido viendo la televisión, la vino a bien ocuparse de mí. Tomó una fusta fina y larga empezó a fustigarme, advirtiéndome antes que podría gritar cuanto quisiese. Allí no nos oiría nadie.
Comprendí que era tan experta como Silvia. Los golpes eran flojos al principio y espaciados, pero fueron aumentando en frecuencia e impacto.
Lloraba y gritaba. Me dolían los pies, mis nalgas estaban al rojo vivo. Me dí cuenta que no se apiadaría de mí…
De repente gritó se finí “se acabó” A dormir.
Soltó la cadena que me colgaba del gancho por mis muñecas cayendo al suelo bruscamente. No pensaba soltarme las manos así que como puede me arrastré detrás de ella.
Me llevó a un cuarto anexo que ahora era el cuarto de la caldera pero en realidad era la carbonera, allí encima de un colchón viejo con unos sacos y unas raídas mantas para abrigarme pasarían mi primera noche en el campo.

Continuará

Escrito por efe Enero 2001.

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